Bidueiral de Xares.

22/08/2019 | Entrenamiento

El abedul, tan característico con su corteza blanca, es un árbol que estamos acostumbrados a ver creciendo naturalmente en las riberas de los ríos junto a los alisos, avellanos, sauces y robles, formando los bosques de ribera tan comunes en Galicia. No obstante, por los países del norte de Europa podemos verlos formando bosques enteros ellos solos, incluso bosques maduros ofreciendo en invierno una peculiar estampa con sus troncos blancos, para cambiar en primavera y veranos añadiendo el color verde de sus pequeñas hojas en forma de punta de flecha que se vuelven amarillas al llegar el otoño.
Crecen sobre suelos ácidos y con climas fríos, por lo que tras la última glaciación el abedul fue de los primeros árboles en extenderse por las zonas antes ocupadas por el hielo. Por esto en el macizo de Pena Trevinca, ocupado por glaciares en esa época, nos encontramos con ellos.
Una muestra de esto es el bidueiral de Xares (incluido en el catálogo galego de árbores senlleiras). Para llegar a él antes tenemos que visitar Xares, que pertenece al ayuntamiento de A Veiga y se caracteriza por ser una pequeña aldea de casas de piedra con tejados de pizarra típicos de esta zona, en el que destaca también su iglesia parroquial del siglo XI (restaurada en el siglo XVI).
Es hora de empezar nuestra aventura de hoy, así que dejamos el coche en Xares y subimos caminando por la carretera que lleva a la aldea de Seoane. Pasaremos junto a un área recreativa donde disfrutaremos de una fantástica panorámica de Xares y continuaremos hasta encontrarnos con una casa solitaria a nuestra derecha, seguimos y poco después, a nuestra izquierda, se abre un camino que nos adentra en un bosque de rebolos (Quercus Pirenaica), abedules, serbales, xestas... Tras unos metros aparece ante nosotros una de las puertas de entrada del coto de caza de Xares (se encuentra totalmente vallado). Seguimos la pista caminando entre jóvenes rebolos, cuyos troncos y ramas se encuentran cubiertos completamente de líquenes que nos indican la pureza del aire de esta zona. Dejamos atrás una fuente de agua fresca y poco después llegamos al bidueiral de Xares.
Son muy pocos ejemplares de abedules maduros (Betula Celtiberica), de anchos troncos que, al igual que el resto de árboles de esta zona, se encuentran cubiertos de líquenes. Pero estos además en su base están rodeados por anchas alfombras de musgo de un color verde oscuro que cubren en parte sus grandes raíces.
Sorprende lo anchas que son sus ramas que, haciendo cruces imposibles, suben hacia el cielo y permiten el descanso de los pájaros que nos regalan sus dulces cantos. Podemos imaginar también caras en sus troncos que miran y escuchan atentos a sus visitantes creando historias a lo largo del tiempo. Es un lugar mágico en el que no sería extraño tropezarse con un duende o un hada. Cerramos los ojos e imaginamos cómo sería todo el bosque lleno de estos árboles si la acción humana los dejara crecer.

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Se tardan muchísimos años en conseguir un bosque maduro, de hecho, actualmente apenas existen y los que existen se están destruyendo. Es importantísimo que nos demos cuenta de lo importantes que son y que los conservemos, los respetemos y vivamos en armonía con ellos.
Los bosques maduros son un gran almacenamiento de carbono, pues a lo largo de los años han captado gran cantidad de CO2 de la atmósfera. Esto es algo muy importante para conservar nuestro planeta tal como lo conocemos, pues este gas es uno de los principales causantes del calentamiento global y, debido a la acción humana, cada vez hay más emisiones de CO2 y menos superficie de bosque para capturarlo.
 Además los bosques maduros son todo un ecosistema de gran biodiversidad donde conviven gran variedad de especies vegetales, hongos, animales... que pueden desaparecer si acabamos con su hogar. Por todo esto tenemos que darnos cuenta de que, aunque haya plantaciones forestales, también es necesario dejar espacio para bosques.

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Nos sentimos muy afortunadas de poder disfrutar de este lugar mágico de abedules centenarios, ya que poder abrazarlos y caminar entre ellos nos revitaliza, nos relaja y nos acerca más a la madre Tierra.

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